Es una noche tranquila en Ítaca. Los pájaros descansan y las estrellas reflejan su luz sobre la bahía como si el mar fuera un enorme plato de sopa. Pero Ulises no duerme. Contempla en silencio el reposo de Penélope, sumida en el sueño. Respirando serena mientras él se remueve entre recuerdos.
Imágenes de la hermosa Ogigia se agolpan en su cabeza,
evocadas por los aromas a azahar y romero que entran por la ventana. Y el
susurro de la brisa acaricia sus labios como años atrás lo hizo Calipso con sus
besos.
Pensar en la ninfa le hace sentirse extraño. Prisionero, de
algún modo, del presente mortal y caprichoso que le han deparado los dioses. Y
la añoranza le atenaza recordando el sabor del néctar y la ambrosía, y el sonido
de la lira, que inundaban las cálidas noches junto a la bella hija de Atlas.
-Calipso- parecen pronunciar
sus labios con un susurro apenas audible. Y escucha el recuerdo de su voz,
diáfana y melódica, como si la tuviera a su lado.
Sus ojos, del color de la miel, eran tan profundos que al
mirarlos el vértigo le aturdía del mismo modo que lo podría hacer el abismo. Y el
sabor de su boca fresca, que tantas veces le alimentó y que las mismas veces se
le volvió a ofrecer, interminable, en un nuevo bocado, era tan dulce que ni los
más suculentos manjares habían sido capaces de borrarlo.
Ahora, recostado junto a Penélope, se siente más lejano a
ella que durante su largo regreso. Y se pregunta si fue, en realidad, correcta
la dirección a la que dirigió su nave durante aquella travesía. O si tal vez
los dioses, careciendo de un juguete más oportuno con el que entretener su
caprichosa existencia, le embaucaron para dejar atrás Ogigia y a Calipso.
Cómo, si no, se podría entender que rechazara la inmortalidad
de sus placeres y agasajos. Su cuerpo prominente y curvilíneo, sus caderas inabarcables
y sus manos cálidas que lo cubrían y envolvían como un manto protector
inquebrantable.
E incorporándose, se dirige hasta la ventana y vuelve a
susurrar –Calipso. Mi bella Calipso-,
mientras el frescor del rocío le acaricia el rostro. Y, prisionero del
presente, prisionero del antojadizo destino que le han deparado los dioses, cree
oír la voz de la ninfa, envuelta en la brisa, que le responde: –Ulises. Mi Ulises-.

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